Hoy no cantan las cenizas
ni escucho los latidos de la noche,
me sabe amarga la alborada,
en mi lecho se retuercen de llanto las ausencias.
Temo perder la sombra en cada esquina
a cada instante de lluvia silenciosa,
cuando escapan hebras mutiladas por los dedos
y me visto de ruinas amputadas.
Miro los relojes confiscados,
sus espacios de parásitos ausentes,
y alarma el breve tiempo que resta entre las manos,
para doblar campanas en misceláneas estériles.
Es tarde para matar silencios,
las estaciones delatan furibundas su fatiga,
pertrechada agonía en carreras maltrechas,
odisea titánica, en puzles contra reloj.



